Cómo validar las emociones de tus hijos. 

Puede que te estés preguntando… ¿Qué es eso de validar?  ¿Por qué se habla tanto de la importancia de validar las emociones?

La mayoría de madres y padres (al menos de mi generación) hemos sido criados con autoritarismo, más férreo algunos, más laxo otros, pero todos bajo el paraguas de los premios y castigos, gritos, algún chantaje, amenazas para que nos portáramos como se suponía que debíamos portarnos… y una escasa o nula educación emocional.

Eso nos sitúa en una posición de desventaja, porque ahora sabemos de sobra lo importante que es la inteligencia emocional para todo, y sin embargo, carecemos de conocimiento, de vocabulario emocional, hasta el punto de que no sabemos gestionar nuestras propias emociones… mucho menos las de nuestros hijos e hijas.

Queremos educar diferente, pero no sabemos cómo.  Queremos saber cómo validar las emociones de los niños, pero nos sigue saliendo lo de siempre. 

Con este artículo, quiero ayudarte a que aprendas a validar las emociones de tus hijos o hijas, en vez de negarlas o minimizarlas, para que crezcan seguros, autónomos, y se genere el vínculo de conexión que toda madre o padre desea.

¡Vamos a ver cómo validar las emociones de tus hijos!   

 

validar emociones

 

 

Todas las emociones son importantes

 

Emociones buenas y emociones malas

 

Aunque inevitablemente definamos las emociones como buenas y malas, en realidad, las emociones no son ni buenas ni malas, porque todas son necesarias para nuestra supervivencia, todas cumplen una función biológica (y nuestros hijos necesitan vivirlas y experimentarlas todas).

Sin embargo, cuando se trata de esas negativas, tipo rabia, ira, frustración, y como consecuencia los niños tienen una rabieta. Y ahí ya dejamos de ver la emoción, y nos centramos sólo en el comportamiento, que normalmente es violento y, a ojos adultos, desproporcionado.

 

*Os dejo aquí el enlace a un vídeo de la grandísima Mar Romera, hablando de este tema.

 

Nos entran las prisas

 

Esa es otra, si es que vamos como pollo sin cabeza.

Vale, es la sociedad que nos ha tocado vivir, pero por mucho que esta sociedad tenga ritmos intensos y exigentes, no por eso los niños dejan de ser niños, no por eso su cerebro se va a desarrollar antes, no por eso su aprendizaje se va a acelerar.

Me temo que no. Que sus ritmos van a seguir siendo los mismos, los de un niño o una niña, pero acelerados por nosotros, y eso, va a generar frustración, nerviosismos y enfados en nuestros peques.

 

 

 

Con las prisas y las obligaciones diarias, no nos tomarnos el tiempo necesario para parar antes de actuar.

 

Tenemos que conseguir a toda costa que nuestros hijos hagan lo que toca cuando toca. Que desayunen rápido, que llegamos tarde, que se duche ya, porque la cena está lista, que no se entretenga, que a las 21:30 tiene que estar en la cama, que no se peleen, porque estoy cansada y no tengo ganas ni ánimo para resolver conflictos….

Nos desborda atender a la rabieta que ha surgido porque no quería irse del parque. O porque no quería ir a la ducha. O porque no quería salir de la bañera. O porque no quiere vestirse, o no le gusta la ropa que había elegido la noche anterior. Y nos pasa porque a ojos adultos, sus motivos no justifican ese comportamiento.

Tal vez pienses incluso que con tantas veces que se lo has explicado, lo que le pasa es que te está retando, desafiando… Pero, si te colocas en su piel, te quitas las gafas de adulta y te pones la de niña, verás y comprenderás que, para tu hija o tu hijo, esas razones, lo que le pasa, son importantes, aunque tu no lo veas o no lo compartas, para él o ella son tan importantes como que a ti te llame el banco avisándote de que te quitan la casa (es una exageración, pero me entiendes ¿no?) y ya puedes ver que están experimentando una intensidad emocional que no saben expresar de otra manera, una emoción que les hace sentir mal, no saben gestionar, les hace explotar.

 

 

Consecuencias de no validar las emociones de tus hijos

 

Cuando tratamos de cortar su llanto ignorándolo o quitándole importancia (no pasa nada, los niños grandes no lloran, no es para tanto, veeeeenga, mira al pajarito), cuando negamos sus emociones riñendo, enfadándonos, gritando, les estamos transmitiendo que sus emociones no importan, que lo que sienten no nos gusta, que si se sienten de una determinada manera, nos enfadamos y les retiramos el afecto, la mirada o la presencia (para ellos, directamente les retiramos el amor).

Les decimos que sólo nos gustan cuando se sienten bien, que sus emociones no son válidas, que no tiene derecho a expresar lo que siente, y que si lo hace, nos enfadaremos.

Siento si sueno dura, pero las cosas claras y el chocolate espeso, que diría mi abuela.

Al no validar las emociones, negándolas, las emociones no desaparecen, sólo se tapan, se almacenan de forma inconsciente, y los niños aprenden que es preferible reprimirlas, para evitar que les retiremos el amor que legitima y biológicamente necesitan.  Esa represión emocional implica crecer inseguros, con falta de confianza en ellos mismos y en nosotros.

Imagina que te sientes mal, triste, abatida, frustrada, impotente, rabiosa… ¿no querrías saber que tienes a alguien a tu lado que no te va a juzgar, que te va a escuchar, apoyar y ayudar de forma respetuosa y empática? Eso es lo que necesitan tus hijos de ti.

 

Cómo validar las emociones de los niños 

 

Ahora ya sabes por qué es tan importante validar las emociones de tus hijos, y vamos a ver cómo hacerlo.

Validar es aceptar las emociones de nuestros hijos e hijas, aunque no estemos de acuerdo, y aunque las estén expresando de forma inadecuada.

Es hacerles entender que lo que sienten está bien, es lícito sentir rabia, ira, frustración, tristeza. Que pueden y deben sentirlo.

Es practicar la empatía (esa que tantas ganas tenemos que adquieran nuestros hijos) con ellos.

Y para ayudarte a ponerlo en práctica, vamos a verlo en 4 simples pasos:

 

 

Aíslate de tu entorno.

 

Sólo estáis tu hij@ y tu. Cuando tiene una rabieta, se siente mal y no puede gestionar esa emoción el o ella sol@. Te necesita y te está pidiendo ayuda. Así que aíslate de tu entorno (esas miradas que analizan cada palabra que vaya a salir de tu boca) y de tus primeros pensamientos, esos automáticos que aparecen en tu mente cuando tu hijo hace o dice algo que te enoja, que hacen que te lo tomes como algo personal, y sientas un deseo irrefrenable de parar el comportamiento de tu hijo o hija. 

 

Ponle nombre a la emoción. 

 

En palabras de Daniel Siegel, «ponle un nombre para domarlo». Esto nos va a ayudar tanto a nosotros como a nuestros hijos a ampliar nuestro vocabulario emocional, a identificar nuestras emociones, y así poder gestionarlas de forma adecuada.

«Veo que estás muy enfadado y molesto porque estabas disfrutando mucho de este juego, y te he dicho que había que dejarlo para ir a la ducha». 

 

Valida la emoción.

 

Trata de comprender, cambia tus gafas de adulto, y trabaja la mirada de niño. Empatizar no significa que estés de acuerdo con tu hij@, simplemente es transmitir que lo que siente es normal y lícito. Que todas las emociones son necesarias.

Comparte alguna situación en la que tu te sentiste igual. Puede ser de ahora, o mejor, de cuando eras pequeña. Eso hace que el niño o la niña entienda que lo que siente, también lo siente mamá, incluso cuando era pequeñita como él o ella. 

Importante: Evita los «pero». Cuando añades un «pero» a la validación, ya no validas, has pasado a corregir. Recuerda, primero conectamos (validando) y después ya corregiremos. Sin prisa.

«Es normal que te sientas así, cuando estamos jugando, no nos apetece dejarlo para hacer algo que no nos apetece nada ¿verdad?. A mi también me pasaba cuando la abuela me hacía recoger para ir a la ducha, me enfadaba mucho y me sentía fatal». 

 

Explica el motivo. 

 

Los niños son niños, y sus necesidades no son las tuyas, normalmente son las contrarias. Ellos no entienden que es necesario bañarse después de haber estado todo el día en el cole y luego en el parque. Sólo sabe que quiere seguir jugando, porque es un niño y es lo que le toca hacer, jugar y enfadarse cuando se lo impedimos.  Sin embargo, poco a poco tienen que aprender que hay ciertos hábitos y rutinas que debemos cumplir y respetar.

Una vez que ya has validado su emoción, tu hijo o hija estará más preparado (cerebral y anímicamente) para escucharte. Probablemente no comprenda los motivos que le das, o no esté de acuerdo con ellos, pero es importante contárselo, que aprenda a confiar en ti.

«Sé que te lo estás pasando muy bien jugando, y ahora es la hora de la ducha. Es importante que nos mantengamos limpios, sobre todo después de haber sudado en el cole y en el parque, para evitar enfermedades y que nos huela mal el culete» (esto se lo digo yo a mis hijos, suelo añadir detalles escatológicos, porque suele hacerles gracia y la tensión se diluye).

 

Dale alternativas válidas para ambos.

 

Ofrécele alternativas, para que el no, que es inevitable, sea más llevadero. Las alternativas dependerán, por supuesto, de las circunstancias:

  • Si vas bien de tiempo para la cena y demás rutinas nocturnas, puedes ofrecerle jugar 5 minutos más y luego ducha, o ducha, y después jugar 5 minutos más.
  • Si vas mal de tiempo, ofrécele seguir jugando en la ducha (imaginación al poder, nosotros por ejemplo, usamos la ducha de 10 segundos, ellos cuentan mientras nosotros les duchamos a toda velocidad, exagerando por supuesto para hacerlo divertido).

Sea cual sea tu opción, es importante que tu hijo o hija sea quien decida qué alternativa seguir, para que sienta que ha tomado la decisión.

*Consejo: pon un reloj de arena o una alarma para que al finalizar los 5 minutos suene/lo vea y no se repita la misma rabieta. Y si ocurre, si tiene la misma rabieta, por el mismo motivo, vuelve a repetir los pasos anteriores, terminando con un «teníamos un acuerdo, y toca cumplirlo, te cojo en brazos y te llevo a la ducha», mientras le hablas con calma y propones algún juego.

 

Repetir y repetir, para aprender a validar las emociones de tus  hijos. 

 

Que no podamos (ni debamos) ceder a todos los deseos de nuestros hijos, eso no implica que no podamos decirles que no de manera respetuosa y conectando con cómo se sienten.

Pero me consta que validar cuesta. Mucho.

En general, no nos han validado a nosotros, por lo que no sabemos hacerlo.

Además, nuestros automatismos, creencias y pensamientos, nos llevan casi siempre en dirección contraria: a negar emociones, a regañar, a impedir que grite, pegue o tire objetos (que de esto hablaré en otro post, porque es uno de los mayores obstáculos a la validación, aunque no debería serlo si entrenamos y practicamos cada día).

Es normal validar mal, es normal dudar sobre si estás validando o no… ¡estás aprendiendo! así que simplemente practica, porque la práctica hace al maestro. Al principio te saldrá ortopédico, perderás los nervios y pedirás perdón, te sentirás insegura o inseguro…

Tranquilidad, que todo sale. Y si necesitas ayuda, aquí estamos.

 

 

Si te ha gustado el post, si te he ayudado, me encantará que me lo cuentes! y si crees que le puede ayudar a alguien que conozcas, comparte por favor, para llegar a cuanta más familias mejor.

Con cariño,

Laura

 

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